China Frente a Trump

Miércoles, Noviembre 16, 2016 - 15:30
País: 
China
Autor: 
Enrique Posada Cano

Un día, ante sus discípulos, Confucio se preguntó:  ¿Habrá algún bárbaro que, al internarse en territorio civilizado, no se civilice?  Podríamos parafrasear el proverbio acomodándolo a la situación actual de modo que dijera algo así como: ‘Tendría Trump que estar hecho de piedra y no de músculos, fibra y neuronas para no acomodarse a las circunstancias reales del mundo de su alrededor’. Pero es que adaptarse es lo que exige el mayor grado de sentido común, y este, infortunadamente,  hasta hoy no lo percibimos en Trump.  Su temperamento es el rasgo que más ha resaltado Barak Obama en él y que como candidato solo tuvo una calificación de excéntrico, pero que una vez que se encuentre en el timón de los asuntos de Estado de la primera potencia mundial, podría tener consecuencias fatales.

Incertidumbre es la palabra que sin duda aparece más veces nombrada en todos los medios, impresos y digitales, cuando se refieren al resultado de las elecciones estadounidenses del 8 de noviembre pasado.  Si eso nos llena de asombro  a nosotros, habitantes de un Occidente donde una nación como Gran Bretaña vota salirse de la unión europea y al día siguiente se arrepiente, ¿qué pasará en estos momentos por las cabezas de los chinos con un personaje como el magnate inmobiliario sentado en la oficina oval, al timón de la primera potencia mundial? Claro que Bush hijo tampoco es que haya sido  un dechado de cultura,  pero al fin y al cabo, al menos en materia de modales algo cuenta que fuese descendiente de un ex presidente. 

Se sabe que los líderes del gobierno chino y su partido gobernante escuchan a esos centros de estudios  como el Instituto de Relaciones Internacionales Contemporáneas de China, que desde siempre ha dedicado los mayores esfuerzos al análisis de Estados Unidos y a su relación con el gigante asiático y el resto del mundo.  Hoy más que nunca este y otros institutos deben estar trabajando a plena marcha para desatar el nudo gordiano de un código trumpiano que les interesa, por supuesto, en todos los aspectos, pero sobre todo en el orden económico y comercial y en el de la competencia política en Asia Oriental y el Sudeste Asiático.   Harán un seguimiento milimétrico en todo cuanto se viene de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, pero el primer foco lo pondrán en los asuntos del comercio.

Tradicionalmente China se ha entendido mejor con los republicanos que con los demócratas de Estados Unidos, pues si bien estos mantienen cierta tensión con ese país en los mismos temas del libre comercio, aranceles y competitividad, de modo general el énfasis de su relación con China se sitúa en temas como los derechos humanos, las libertades, y de manera especial bajo la administración Obama, en el pulso por la influencia en Asia, particularmente en el Sudeste Asiático. Con Hillary en el poder, la disputa en los citados aspectos tal vez hubiera sido peor para los chinos que con Obama.

Uno de los ejes del discurso de Trump durante la campaña electoral lo puso en el libre comercio y su colateral la recuperación de empleos porque esto le daba votos en antiguos nichos industriales como Ohio, Michigan, Wisconsin, mientras que temáticas como los derechos humanos eran demasiado abstractas e irrelevantes para ese electorado que le dio la victoria, hambriento de salarios.  Esto correspondía, además, a su perfil de hombre de negocios,  que no deja de ser atractivo para los chinos, en particular para los de la generación  del dueño de ‘Alibabá’ y aún más jóvenes. Pero es que aquí entran en un choque frontal  dos políticas, la de una China partidaria del libre intercambio mundial de mercancías y la de  unos Estados Unidos cuya prédica del libre comercio aparece cada día más como una simple retórica, pues ante la avidez de sus millones de consumidores por las mercaderías de China y de otros países asiáticos, se ve progresivamente abocado a cerrar sus aduanas y practicar el proteccionismo.  Con la promesa electoral de  Trump de gravar con un 45% los artículos chinos, lo que tenemos delante es una guerra económica, pues China le respondería con la misma moneda. Pero el impacto mayor sería sobre el consumidor norteamericano, que enfrentaría una significativa inflación de precios.  ¿Estarán todos estos cálculos en la mente de Trump, a la que bien retratan sus gruesas manos puestas siempre con las palmas frente al mundo?  Las respuestas a este y a otros interrogantes dependen no solo de que logre aprobar los cursos acelerados que en estas materias debe de estar recibiendo, sino también, y sobre todo, del grado de perspicacia de los asesores que designe; que si para el caso de su aproximación a China serían, como tal parece, Michael Pillsbury y Peter Navarro, conocidos por sus extremas posiciones anti-chinas, nada positivo les esperaría a las relaciones chino-estadounidenses. Sería nada más y nada menos que un retorno al lenguaje y las prácticas de la guerra fría, ubicada primero que todo en el campo económico, pero con su extensión inevitable al de la política. Tendríamos a  dos gobiernos de la mayor relevancia mundial midiendo fuerzas en torno a cada tema, el del libre comercio en primer término, aunque con una coincidencia inicial frente al TPP (Trans Pacific Partnership), en cuya elaboración Obama se comprometió a fondo y que desde su inicio e inspiración excluye y se opone a China. Tal vez sea este uno de los primeros flancos impulsados por los demócratas que Trump confronte y deshaga con cierta facilidad, pues no es un acuerdo completado. Esto será bien recibido por el gobierno chino. En cuanto a otros escenarios de cooperación importantes en los que también participa China, tales como el Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico, APEC, allí Estados Unidos y China seguramente no se trenzarán en disputas mientras este escenario mantenga el perfil que cada vez viene asumiendo más de retórica en torno a la seguridad y la lucha antiterrorista y no regrese a su propósito inicial de conformación de un área de libre intercambio comercial, del cual  parece alejarse más con el paso de los años.

Un mundo extraño y ajeno para un Trump demasiado local y antiglobalización es el que presenta el mapa del Sudeste Asiático donde Obama plantó de modo consistente la mano para tratar de contener la influencia de China, un mundo preñado de conflictos de intereses en las aguas del Mar del Sur de China, con Malasia, Filipinas, Taiwan, Vietnam y la misma China enfrentados por la posesión de las Islas Spratley (hay ya un fallo de la Corte de la Haya que concede derechos sobre ellas a Filipinas); China y Japón en disputa por el dominio de las Islas llamadas  Senkaku  por los nipones y Diaoyu por los chinos, etc. ¿Continuará Trump el embate frente al gigante asiático en estos terrenos y seguirá pujando por la vieja influencia de Estados Unidos en el entramado tejido de la Asociación de Países del Sudeste Asiático, ASEAN? Tardará en comprender el tema, pero, como Reagan, que de actor pasó a ejercer como mandatario valiéndose de sus asesores, tal vez pronto Trump se ponga al día. Pero aquí otra vez tropezará con este paradigma de los tiempos modernos de un tratado de libre comercio, regional este y bastante  más complejo que el NAFTA o Tratado de Libre Comercio de Norteamérica. Puede ser que en ese escenario asiático Trump resuelva continuar la senda de confrontación con China trazada por Obama, puede ser que no, todo depende de cómo le vaya en otros contenciosos con China. Depende también de si el binomio chino-ruso se muestra tan sincronizado y sólido que tanto Puttin como Xi Jinping se comporten frente al presidente de Estados Unidos en una alianza al estilo de ‘lo que es contigo es conmigo’. Siendo así, a Trump le quedará un tanto complicado tratar por separado a esos dos componentes del binomio, incluso en temas tan delicados como el de qué hacer con alguien como el presidente coreano Kim Yong-un. ¿Kim y Trump dos extremos que se juntan o más bien alter ego el uno del otro?   Puede ser que la sintonía de estos dos personajes en las coordenadas mentales los lleve a sentarse a negociar un día la tregua de su guerra fría, tal como en campaña lo prometió Trump, para lo cual tendría validez también la mediación del binomio chino-ruso. Es incluso probable que, dentro de esta dinámica esquizofrénica, al presidente electo de Estados Unidos le parezca conveniente que Kim no pare su lluvia de mísiles sobre el Mar de Japón, pues esto le ofrece gabelas a su advertencia de cobrarles a Japón y a Corea del Sur el mantenimiento de bases militares  norteamericanas ancladas allí como paraguas defensivos contra los cohetes de Kim.

A propósito de Japón y Corea del Sur, en estos dos países, junto con México, es donde se plantea hoy la mayor incertidumbre sobre lo prometido por Donald Trump en materia de relaciones exteriores, pues en absoluto es conviene para ellos un acercamiento suyo a ese otro impredecible personaje, Kim Jong-un, ubicado como un francotirador nuclear en la península coreana.

*Director del Observatorio Asia Pacífico y el Instituto Confucio de la U. Tadeo Lozano.

 

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