Por: Ana Heredia @anas.gh.6
Corrección de estilo: Carol Parra @notcaroolp
Ilustración por: Julián Díaz @yul_4.16
Se sienta entonces en la acera, espera su cunchito de comida y se va. Todos los demás han construido una especie de red de apoyo, que si no tiene pipa para el bazuco no se preocupe que yo le presto, que si venga le regalo este poquitico de pegante, en fin, la droga como motivo de amabilidad. Pero cuando intentaron acercarse a él, sólo les dijo que no le gustaba eso, que muchas gracias, con acento de quien tuvo la mala suerte de creer que viniendo a Bogotá iba a encontrar más oportunidades.
Él cargaba sólo un costal. Era chiquito, paseaba por los mismos lugares; nunca lo veían pidiendo plata, ni metiéndose nada, una rareza que, en realidad, a nadie le importaba. Pero era un hombre reconocible, no porque fuera muy diferente físicamente del resto, sino porque se la pasaba silbando, pero no canciones de vallenato ni populares, silbaba la escala de do al derecho y al revés. Una vez, recuerdan, estaba él sentado en una banca, se le acercó un perro chiroso y, por primera vez, lo vieron teniendo reacción alguna. Pateó al perro y salió corriendo, pálido. Ese era otro aspecto que no terminaban de entender; no tenía perro, muchos no tenían, pero no mostraban miedo ante ellos. Cuando lo volvieron a ver se acercaron a preguntar “¿Y a usted por qué le da miedo los perros?”, tomó aire muy profundo y les contó: yo antes vivía en un pueblito del Tolima, pero me tocó venirme para acá, tuve problemas con mi papá y me castigaron, el perro de la casa me mordía y me ladraba, una vez el mordisco fue tan duro que me arrancó este pedacito de mano. Uno de ellos siguió preguntándole cosas hasta que por fin llegaron al tema que realmente les interesaba, el costal. Le pidieron que se los dejara ver, él respondió que tenía ahí 206 razones para no mostrarles nada.
Tenía la costumbre de esperar bien caída la noche, sentarse en alguna esquina, abrir su costal, primero percatado de que no había nadie, y contar una a una sus 206 razones para estar en Bogotá, las acomodaba perfectamente, con la meticulosidad de un médico y luego las guardaba otra vez. Se recordaba joven, caprichoso, recordaba a su padre intentando cumplirle sus demandas y a él siendo un desagradecido bastardo que cometió el pecado más grande. Luego se iba silbando, buscando una esquina donde acostarse.
Pasaron así los días y no lo volvieron a ver. Uno de ellos dijo que lo vio enterrando el costal en un parque cercano. Esperaron la noche y se fueron a buscar. Cuando desenterraron el dichoso costal y lo abrieron, se dieron cuenta de sus 206 razones; los huesos se asomaban con un aspecto blanco, inequívoco, contrastando con la tierra. Entonces entendieron que hay veces que es mejor no meterse donde no lo llaman. Se fueron silenciosos a sus respectivas esquinas, a pensar, pensar mucho, con el sonido en bucle del silbido.








