Por: Ana Heredia - @anas.gh.6
Corregido por: Amily Díaz - @a.v_.09
Fotografías: Archivo Macondo
Su fundación representó un pacto para empezar de nuevo, bajo principios de humanidad y paz. Una crisis mundial mediada por la violencia tendría una única consecuencia admisible por los pocos cabales de cordura que quedaban en ese panorama terrible: el deseo de un mundo con reglas claras, guiado hacía una humanidad mejor y comprometido a no repetir jamás la hecatombe. Por ello, en el marco de la elección del nuevo secretario general, 81 años después, es imprescindible recordar por qué está organización existe y con qué fin.
La diplomacia no se limita a sentar a hombres de traje a hablar de los problemas que tienen en sus respectivos países. Aunque parezca una función inútil, aferrarse a la idea de poder conversar con el otro, aún en su diferencia, es esperanzador. Debido a esto, las instituciones educativas han adoptado un modelo pedagógico basado en este ejercicio de la diplomacia: los Modelos de las Naciones Unidas, simulaciones de lo que realmente ocurre en Nueva York. Esto permite que los estudiantes comprendan que el poder de la palabra es mayor que el de un disparo y que aún es posible resolver conflictos sin tener que matarnos en el intento. En un contexto permeado constantemente por todos los tipos de violencia, como Colombia, es valioso enseñar a escuchar y hablar.
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Las Naciones Unidas nacen de la concepción de un mundo más justo, más igualitario y humano. Todo eso inicia en nuestras aulas. Enseñarnos a que otro mundo es aún posible no es utopía, es esperanza.








