Por Farid Camilo Merchán Navarro @f_camilomc
Corregido por Alejandra Gutiérrez @linalejandrag
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En este clásico policiaco vemos un terror folclórico llevado a la gran ciudad, un guiño al terror loftcraftiano, al surrealismo, una metaficción que nos hace más participes y esa constante necesidad de contar nuestra realidad: querer desenmascarar la verdad. Estos géneros no trabajan por aparte; estos terrores y el género clásico trabajan de la mano. Creo que el cine negro siempre ha estado ligado al terror, a estas sombras gigantescas, un misterio por resolver, verdades develadas y en esta cinta lo hace muy notorio, parece que fueran uno solo.
A pesar de que la trama en ciertos momentos es inentendible, termina siendo muy intuitiva, aunque deja algunos cabos sueltos tal vez con la excusa de que ese sea el objetivo: que sea un poco inentendible y, al fin y al cabo, muy original, como ya se ha visto por ejemplo con El Conde de Pablo Larraín, que presenta a Pinochet convertido en vampiro. Últimamente ha existido una necesidad de transformar el género del terror, que pocas veces sale bien, e Historia de lo oculto es una de esas exepciones. Con un presupuesto muy bajo, logra ser un terror de nuestro territorio totalmente memorable, con pocas locaciones y pocos actores, nos cuenta un universo lleno de brujería descontrolada.
Los periodistas están en una carrera contrarreloj tratando de descubrir la verdad de si realmente el presidente Velasco está involucrado en la brujería. Abel (Casper Uncal) uno de ellos, introduce a sus compañeros a un “viaje para descubrir lo que buscan”, donde se tragan objetos raros de brujería para que tengan un viaje introspectivo. Finalmente no logran encontrar nada, pero estos viajes, además de contarnos un poco más de su investigación, lo único que hacen es aumentar el miedo y mostrar que Abel siempre fue parte de la brujería. Estos viajes, a pesar de no durar mucho, estéticamente son lo mejor de esta cinta: un rojo brillante los inunda dejando de lado el blanco y negro, haciendo parecer que encuentran su propia verdad sobre su vida y la muerte.
Se podría decir que tiene un ritmo lento a pesar de que dura una hora con veinte minutos, jugando con el tiempo que dura el programa de televisión (60 minutos). Estos 60 minutos se vuelven eternos acorde a lo que va sucediendo en la historia, pues el programa es el que nos marca el ritmo. Vamos viviendo pie a pie lo que viven los personajes, algo que nos lleva a pensar demasiadas cosas y a alejarnos de nuestro alrededor, más exactamente en las partes donde se deja de lado el blanco y negro.
Cristian Ponce nos demuestra, una y otra vez, que no hay que mostrar una grandeza en el cine, que el monstruo no debe tener el mejor maquillaje y VFX para dar miedo, que no hay que tener los millones para mostrar algo original. Nos dice que lo independiente puede perdurar, que el terror de nuestro territorio vale la pena contarse.








